martes, 2 de mayo de 2017

LA OBSESIÓN

Un nuevo mes y una nueva publicación, pero esta vez voy a cambiar el tema y en lugar de ser un relato infantil, se trata de un relato simplemente, para todo el que quiera leerlo. Espero, como me pasa siempre, que os guste.
Julita

  
  Esa tarde, como tantas otras desde hacía ya un tiempo, Irene se encontraba en la salita de su casa ocupada en su labor. Con ella, y también enfrascadas en sus propias labores, estaban su madre y su tía.

  Sentía la mirada de su progenitora pendiente de cada uno de sus movimientos y no podía evitar darse cuenta de que un halo de tristeza la invadía. De que las lágrimas estaban a punto de asomar a sus ojos y de que todo el sufrimiento que trataba de ocultar era por su culpa, ¡cuánto la había decepcionado!

   Durante toda la noche pasada, había sido incapaz de conseguir que el sueño llegase a ella, transcurrió en un duermevela constante, esperando en vano y con los ojos enrojecidos, que llegase la mañana y su desazón se calmase. Pero las luces del alba, que penetraron en la habitación por la ventana, pues la noche anterior la había dejado abierta antes de meterse en la cama, la sorprendieron en el mismo estado de ánimo.

   Así que Irene se puso en pie. Su mente era un torbellino de pensamientos encontrados ¡no podía continuar así! ¡no podía dejar que el malestar que su madre experimentaba, siguiese mermándole la vida! Ella y solamente ella, era la única que podía hacer algo por evitárselo.

  Con este pensamiento rondándole la cabeza, cayó de rodillas implorando, pidiendo que todo cambiase. Estaba segura de que hoy sería diferente. Esa tarde tendría el suficiente valor para lograr el cambio. ¡Por fin iba a poder conseguirlo!

   Ahora que se había apoderado de su mente y que sabía con toda certeza que ese día obtendría su propósito, decidió volver a la cama. Se arrebujó entre las sábanas y dejó que su cerebro fuese asimilando todas las órdenes que le transmitía.

  Transcurrieron las horas hasta que oyó como en el reloj de pared del comedor; el reloj de “cuco”, aquél que sus padres compraron para darle una sorpresa cuando era pequeña, después de que lo viese en un escaparate de una relojería y se pasase dos días enteros pidiéndolo y rogando que se lo comprasen, incluso prometiendo que se portaría bien durante el resto de su vida ¡promesa que desde luego no había cumplido!, dieron las ocho. El repiqueteo la hizo pensar que su madre ya estaría en la cocina preparando el desayuno, ¡como todas las mañanas!

   De un salto se incorporó, se puso el batín y las zapatillas y se acercó al cuarto de baño. Pero al verse reflejada en el espejo, no pudo evitar dar un respingo; ¡qué cara! ¡qué aspecto! ¿Era ella, la Irene de siempre, la imagen que el espejo la devolvía? La noche en vela había quedado reflejada en su rostro. Sus ojos, de normal brillantes y serenos, estaban ahora rodeados de una aureola oscura. Su tez, que solía ser siempre un poco pálida, se presentaba casi traslúcida. ¡No podía presentarse así! ¡su madre le haría preguntas! y ¿qué podría responderle? Se dedicó a tratar de borrar las huellas del desvelo, para lo que se lavó la cara y se pellizcó los pómulos hasta conseguir que la sangre acudiese a sus mejillas.

   Bueno ¡ahora estaba un poco mejor! Suspiró y se encaminó muy despacio a la estancia en que esperaba su madre. Por toda la casa se podía notar el olor del café recién hecho y el de las tostadas de pan salidas del fuego. Aspiró ese aroma tan familiar. Se animó. Esa primera comida del día, le encantaba, era la mejor, su momento preferido. Desde muy pequeña, día tras día había desayunado junto a su madre. Su padre salía de casa muy temprano.

   Acercó la taza de café a su nariz, aspiró su aroma, estaba segura de que no podía existir ningún placer semejante a ese. Recordó los anuncios: “Junto a una taza de café se podía olvidar todo! ¡Qué razón tenían! Por un momento olvidó su mala noche, sus propósitos, sus caídas y hasta el dolor de su progenitora. ¡No, eso no, eso no tenía derecho a olvidarlo!

   La voz de su madre la sacó de su ensimismamiento.
¿La mermelada la tomamos de fresa? Ayer, ¿recuerdas? la tomamos de limón ¡estaba deliciosa! pero será mejor cambiar. Dejaremos para mañana la de níspero, aunque ¡se me hace la boca agua de pensarlo!
Como tú quieras mamá, sabes que me gustan todas.
   Su madre y ella siempre seguían los mismos ritos: el café con un poco de leche, calentita, pero no demasiado. La tostada untada con un poco de mantequilla y después con la mermelada y… el primer bocado, el segundo… Siempre aprovechaban esa hora de la mañana para comentar cosas. Pero hoy tenía la cabeza tan embotada, que no se sentía con ganas de empezar ninguna conversación, así que fue su madre la que decidió sacar el tema de la comida.
¿Qué hacemos hoy para comer?
   Irene se esforzó por ser la de siempre.
Podíamos hacer macarrones.
Pero,¡si comimos anteayer! ¿por qué no hacemos un arroz? ¡tú comerías siempre macarrones! ¡no sé cómo pueden gustarte tanto!
Me gustan mucho, igual que las mermeladas.
Sí, ya lo sé. Pero haremos un arroz con un poco de pollo y verduras. Lo que pasa es que tendrás que ir a comprar.
Mamá, sabes que voy todos los días a por algo, aunque solamente sea el pan.
   Al momento se lamentó de la forma en que había contestado a su madre.
Perdona mamá, no debería haberte contestado así, es que hoy no me encuentro demasiado bien.
¿Qué te ocurre? ¿qué te duele? le preguntó ansiosa.
Quizá es que estoy incubando algo, pero no creo que sea importante, puede que sea un resfriado.
Bien, tómate esta aspirina, eso te ayudará a sentirte un poco mejor y si quieres métete en la cama de nuevo que ya iré yo a comprar.
¡No, eso no! pensóen la cama volvería su abatimiento.
¡Con la aspirina será suficiente! Dime lo que tengo que apuntar.
Bien, toma nota.
   Irene cogió su libretita, la que utilizaba siempre para escribir la lista de la compra y se preparó para anotar todo lo que le pidiese ¡se sentían tan unidas! Siempre lo habían estado, pero desde que su padre murió, la angustia por la pérdida, el dolor, el sufrimiento; todo hizo que se unieran aún más de lo que lo habían estado antes.
  Por un momento la mirada de su madre, que trataba de ser alegre, se tornó triste cuando sus ojos se posaron en ella.
   ¡No podía continuar igual! Se lo había propuesto. No echaría por tierra todas sus buenas intenciones ¡esta vez no! ésta no sería como las otras. Llevaría a buen término todas las ideas que se habían fraguado en su mente durante la madrugada. Miró a su madre con cariño y la congoja se apoderó de ella ¡cuánto la quería y cuánto la hacía sufrir!
   Terminaron el desayuno, recogieron la mesa, fregaron las tazas y los platos y los dejaron escurriendo. Luego los guardarían. Se dirigieron, también como todos los días, a sus habitaciones para arreglarse. Cuando Irene entró en la suya se maldijo:
¿Cómo no he cerrado la ventana antes de ir a la cocina? Después de toda la noche abierta, la habitación está muy fría ¡Qué tonta he sido!
   Un escalofrío recorrió su espalda. El verano hacía poco que había acabado y aunque durante el día la temperatura aún resultaba agradable, las noches eran bastante frescas. La razón por la que dejó abierta la ventana fue para evitar la sensación de ahogo que la dominaba, pero ahora y reconfortada por el buen desayuno, el fresco de la habitación la había molestado. Se sobrepuso al frío inesperado, cerró la ventana, se dirigió al cuarto de baño para lavarse y después se vistió.
Debería de darme una ducha, eso me reconfortaría  ─pensó, pero no se sintió con ganas de hacerlo.
   Arregló su cuarto y fue a ayudar a su madre en el resto de las tareas antes de ir a comprar. Harían después la comida para las dos, le ayudaría también en eso, aunque normalmente no solía hacerlo, siempre había sido así, la cocina era privilegio de su madre. Después, sentadas a la mesa, en el comedor, una enfrente de la otra, no serían capaces de articular ninguna palabra. La comida transcurriría en silencio. Atrás quedaron los días de risas y comentarios. Su padre, su madre y ella aprovechaban ese tiempo de unión para contarse sus anécdotas, sus penas y sus alegrías.
  ¡Era tan diferente ahora! Su padre jamás se perdía esos instantes en que podían estar los tres juntos ¡la hora de la comida era sagrada! Irene en esos momentos siempre pensaba que eran la familia perfecta, pero todo se truncó… un día…, una despedida cariñosa…, una llamada telefónica…, un accidente… ¡Fue tan inesperado! ¡Tan rápido! No se pudo hacer nada.
   Quedaron destrozadas por el dolor. Irene se rompió por dentro, pensó que jamás se recompondría. Debieron enfrentarse a una nueva vida ¡Todo fue tan diferente! Durante bastante tiempo y a la hora en que su padre solía llegar a casa, tanto la madre como la hija, oían el llavín penetrar en la cerradura y la voz ronca y alegre del marido y padre, resonar por toda la casa. Su imaginación y su dolor les estuvo jugando una mala pasada y poco a poco tuvieron que hacer frente a la cruda realidad de que ninguna llave que no fuese la de ellas volvería a hurgar en esa puerta, y que no habría ninguna voz ronca y alegre que las saludase desde la entrada. Irene no volvería a colgarse del cuello de ese hombre que era la mitad de su vida.
   Sacudió la cabeza para volver al presente. Le quedaban por delante unas horas cruciales y no podía flaquear, tenía que mantenerse entera. Esta vez estaba decidida y su decisión era firme. A las cinco de la tarde sonó el timbre, siempre era a esa hora, ¡cómo las corridas de toros, pensaba! aunque no sabía por qué. En su casa no gustaban las corridas y ella jamás había presenciado ninguna, pero estaba segura de que empezaban a las cinco en punto ¡lo habría oído! Irene se apresuró a abrir. Era su tía, tal y como venía haciendo cada tarde desde lo de su padre. Una lágrima trató de asomarse a sus ojos, pero la absorbió enseguida.
¡Hola tía!
¿Cómo está hoy mi niña?
Muy bien, como siempre.
¿Y tu madre?
Ya está en la salita esperándote.
Pues, no la hagamos esperar ¡cada día estás más guapa!
¡Gracias tía!
   Y le estampó un beso en la mejilla que Irene agradeció. Su tía la animaba y hoy sería una gran ayuda para llevar a cabo su resolución. Entraron en la salita, la tía saludó a su madre y cogió su labor. Irene también cogió la suya y allí estaban las tres enfrascadas en sus labores y comentarios. Pero, no eran las tres las que estaban pendientes de sus “labores y de los comentarios”. Irene sentía que su cerebro flaqueaba y su corazón latía con tal fuerza que parecía quisiese salirse de su cavidad. ¡No podía ser! ¡se había mantenido firme! ¡no debía dar vuelta atrás!.
   De soslayo y tratando de evitar la mirada de su madre, miró el reloj ¡las seis menos cuarto! Su corazón se aceleró aún más. Le oirían, estaba segura ¡no podía controlarlo!
¡Para, para, no sigas, deja de latir tan fuerte! le decía a su corazón con su mente.
   Ahora eran las sienes, ¡le latían!¡las sienes le latían!¡la ofuscaban!
  ¿Pero, si lo tenía todo tan controlado? ¡tan calculado! Cerró los ojos, deseaba calmarse. La mirada de su madre seguía fija en ella.
¡Seguro que se estaba dando cuenta de todo! pensó.
   ¿Cómo podía parar? ¿Cómo obligar a su mente a obedecerla? Volvió a mirar la hora. Faltaban cinco minutos para las seis ¿Podré cambiar? ¿ganará mi mente a mi corazón? ¡La cabeza le iba a estallar! Un minuto… ¡Sólo faltaba un minuto! ¡No pudo más!. Se puso en pie de un salto, al hacerlo, su labor aterrizó en el suelo sin que ella se molestase en recogerla y a grandes zancadas se dirigió al balcón. Su madre y su tía se levantaron al instante, seguras de lo que iba a ocurrir y fueron hacia ella. Pero ya había abierto las hojas, había salido fuera y tenía medio cuerpo inclinado en la barandilla, se balanceaba peligrosamente.
   Miró abajo y le vio, ahí estaba, no había fallado. Era la persona más guapa y maravillosa que existía en la tierra. Un grito salió de su garganta, fue como un huracán, las palabras se le amontonaban, le costaba articularlas. Sentía las manos de su madre y de su tía agarrándola desde detrás, tiraban de ella, querían quitarla del balcón. Sí, como las otras veces…
¡Guapo! ¡precioso! ¡la madre que te… debió de hacer varias novenas antes de que tú salieses a la luz! ¡Ojala pudiese hacerte padre…!
   El muchacho sin mirar al balcón de donde provenían los gritos, sino todo lo contrario, agachaba avergonzado la cabeza y aceleraba el paso tratando de pasar desapercibido ¡cosa bastante imposible! y, ¡cómo disfrutaba ella!
¿Dejaría de pasar por debajo de su balcón todos los jueves a las seis de la tarde? Se preguntaba a sí misma. Pero en ese momento no le importaba. Era su obsesión. No podía dejar de asomarse al balcón todos los jueves a las seis de la tarde. Desde que le vio la primera vez, de eso haría unas cuatro semanas, algo se posesionó en su mente de tal manera que se sentía obligada a hacer aquello, a esos gritos desenfrenados. Después cuando había acabado, por fin descansaba, su corazón latía pero no como antes, ahora era de una forma acompasada, ya no existía el desenfreno, en unos minutos volvería a ser la Irene de siempre y esa noche dormiría a pierna suelta y… ya pensaría más adelante. Ahora no.
   La metieron dentro como pudieron, ella se dejaba hacer. Cerraron el balcón pues en todas las ventanas de los alrededores se podían ver caras risueñas. Su madre y su tía trataron de no oír los comentarios.
¡Caray con la niña! comentaban unos vecinos.
¡Fíate de las mosquitas muertas! decían otros.
   Ahora y a través de los cristales, las voces ya sonaban como un murmullo. Pero Irene no escuchaba. Irene “era feliz”.
        Julita San Frutos©
 

2 comentarios:

Rebekatalart dijo...

¡Cuántas cosas hay dentro de esta historia! Transporta en el tiempo, pero no lo determina, hace reflexionar, sobre muchas cosas...
Fue importante lo banal o quizá es banal lo importante.

Juli imagina historias dijo...

Tienes razón Rebeca, se podría sacar diversas conclusiones sobre este tema.