Un nuevo mes y una nueva publicación, pero esta vez voy a cambiar el tema y en lugar de ser un relato infantil, se trata de un relato simplemente, para todo el que quiera leerlo. Espero, como me pasa siempre, que os guste.
Julita
Esa
tarde, como tantas otras desde hacía ya un tiempo, Irene se encontraba en la
salita de su casa ocupada en su labor. Con ella, y también enfrascadas en sus
propias labores, estaban su madre y su tía.
Sentía la mirada de su progenitora pendiente
de cada uno de sus movimientos y no podía evitar darse cuenta de que un halo de
tristeza la invadía. De que las lágrimas estaban a punto de asomar a sus ojos y
de que todo el sufrimiento que trataba de ocultar era por su culpa, ¡cuánto la
había decepcionado!
Durante toda la noche pasada, había sido incapaz de conseguir que el sueño llegase a ella, transcurrió en un duermevela constante, esperando en vano y con los ojos enrojecidos, que llegase la mañana y su desazón se calmase. Pero las luces del alba, que penetraron en la habitación por la ventana, pues la noche anterior la había dejado abierta antes de meterse en la cama, la sorprendieron en el mismo estado de ánimo.
Así que Irene se puso en pie. Su mente era
un torbellino de pensamientos encontrados ¡no podía continuar así! ¡no podía
dejar que el malestar que su madre experimentaba, siguiese mermándole la vida! Ella
y solamente ella, era la única que podía hacer algo por evitárselo.
Con
este pensamiento rondándole la cabeza, cayó de rodillas implorando, pidiendo
que todo cambiase. Estaba segura de que hoy sería diferente. Esa tarde tendría
el suficiente valor para lograr el cambio. ¡Por fin iba a poder conseguirlo!
Ahora que se había apoderado de su mente y
que sabía con toda certeza que ese día obtendría su propósito, decidió volver a
la cama. Se arrebujó entre las sábanas y dejó que su cerebro fuese asimilando
todas las órdenes que le transmitía.
Transcurrieron las horas hasta que oyó como
en el reloj de pared del comedor; el reloj de “cuco”, aquél que sus padres
compraron para darle una sorpresa cuando era pequeña, después de que lo viese
en un escaparate de una relojería y se pasase dos días enteros pidiéndolo y
rogando que se lo comprasen, incluso prometiendo que se portaría bien durante
el resto de su vida ¡promesa que desde luego no había cumplido!, dieron las
ocho. El repiqueteo la hizo pensar que su madre ya estaría en la cocina
preparando el desayuno, ¡como todas las mañanas!
De un salto se incorporó, se puso el batín y
las zapatillas y se acercó al cuarto de baño. Pero al verse reflejada en el
espejo, no pudo evitar dar un respingo; ¡qué cara! ¡qué aspecto! ¿Era ella, la
Irene de siempre, la imagen que el espejo la devolvía? La noche en vela había
quedado reflejada en su rostro. Sus ojos, de normal brillantes y serenos, estaban
ahora rodeados de una aureola oscura. Su tez, que solía ser siempre un poco
pálida, se presentaba casi traslúcida. ¡No podía presentarse así! ¡su madre le
haría preguntas! y ¿qué podría responderle? Se dedicó a tratar de borrar las
huellas del desvelo, para lo que se lavó la cara y se pellizcó los pómulos
hasta conseguir que la sangre acudiese a sus mejillas.
Bueno ¡ahora estaba un poco mejor! Suspiró
y se encaminó muy despacio a la estancia en que esperaba su madre. Por toda la
casa se podía notar el olor del café recién hecho y el de las tostadas de pan
salidas del fuego. Aspiró ese aroma tan familiar. Se animó. Esa primera comida
del día, le encantaba, era la mejor, su momento preferido. Desde muy pequeña,
día tras día había desayunado junto a su madre. Su padre salía de casa muy
temprano.
Acercó la taza de café a su nariz, aspiró su
aroma, estaba segura de que no podía existir ningún placer semejante a ese. Recordó
los anuncios: “Junto a una taza de café se podía olvidar todo! ¡Qué razón
tenían! Por un momento olvidó su mala noche, sus propósitos, sus caídas y hasta
el dolor de su progenitora. ¡No, eso no, eso no tenía derecho a olvidarlo!
La voz de su madre la sacó de su
ensimismamiento.
─ ¿La mermelada la tomamos de
fresa? Ayer, ¿recuerdas? la tomamos de limón ¡estaba deliciosa! pero será
mejor cambiar. Dejaremos para mañana la de níspero, aunque ¡se me hace la boca
agua de pensarlo!
─ Como tú quieras mamá, sabes
que me gustan todas.
Su madre y ella siempre seguían los mismos
ritos: el café con un poco de leche, calentita, pero no demasiado. La tostada
untada con un poco de mantequilla y después con la mermelada y… el primer
bocado, el segundo… Siempre aprovechaban esa hora de la mañana para comentar
cosas. Pero hoy tenía la cabeza tan embotada, que no se sentía con ganas de
empezar ninguna conversación, así que fue su madre la que decidió sacar el tema
de la comida.
─ ¿Qué hacemos hoy para comer?
Irene se esforzó por ser la de siempre.
─ Podíamos hacer macarrones.
─ Pero,¡si comimos anteayer! ¿por qué no hacemos un arroz? ¡tú comerías siempre macarrones! ¡no sé cómo
pueden gustarte tanto!
─ Me gustan mucho, igual que las
mermeladas.
─ Sí, ya lo sé. Pero haremos un
arroz con un poco de pollo y verduras. Lo que pasa es que tendrás que ir a
comprar.
─ Mamá, sabes que voy todos los
días a por algo, aunque solamente sea el pan.
Al momento se lamentó de la forma en que
había contestado a su madre.
─ Perdona mamá, no debería
haberte contestado así, es que hoy no me encuentro demasiado bien.
─ ¿Qué te ocurre? ¿qué te duele?
─le preguntó
ansiosa.
─ Quizá es que estoy incubando
algo, pero no creo que sea importante, puede que sea un resfriado.
─ Bien, tómate esta aspirina,
eso te ayudará a sentirte un poco mejor y si quieres métete en la cama de nuevo
que ya iré yo a comprar.
─ ¡No, eso no! ─pensó─ en la cama volvería su
abatimiento.
─ ¡Con la aspirina será
suficiente! Dime lo que tengo que apuntar.
─ Bien, toma nota.
Irene cogió su libretita, la que utilizaba siempre para escribir la lista de la compra y se preparó para anotar todo
lo que le pidiese ¡se sentían tan unidas! Siempre lo habían estado, pero desde
que su padre murió, la angustia por la pérdida, el dolor, el sufrimiento; todo hizo
que se unieran aún más de lo que lo habían estado antes.
Por un momento la mirada de su madre, que
trataba de ser alegre, se tornó triste cuando sus ojos se posaron en ella.
¡No podía continuar igual! Se lo había
propuesto. No echaría por tierra todas sus buenas intenciones ¡esta vez no! ésta no
sería como las otras. Llevaría a buen término todas las ideas que se habían
fraguado en su mente durante la madrugada. Miró a su madre con cariño y la
congoja se apoderó de ella ¡cuánto la quería y cuánto la hacía sufrir!
Terminaron el desayuno, recogieron la mesa,
fregaron las tazas y los platos y los dejaron escurriendo. Luego los
guardarían. Se dirigieron, también como todos los días, a sus habitaciones para
arreglarse. Cuando Irene entró en la suya se maldijo:
─ ¿Cómo no he cerrado la ventana
antes de ir a la cocina? Después de toda la noche abierta, la habitación está
muy fría ¡Qué tonta he sido!
Un escalofrío recorrió su espalda. El verano
hacía poco que había acabado y aunque durante el día la temperatura aún resultaba
agradable, las noches eran bastante frescas. La razón por la que dejó abierta
la ventana fue para evitar la sensación de ahogo que la dominaba, pero ahora y
reconfortada por el buen desayuno, el fresco de la habitación la había
molestado. Se sobrepuso al frío inesperado, cerró la ventana, se dirigió al
cuarto de baño para lavarse y después se vistió.
─ Debería de darme una ducha,
eso me reconfortaría ─pensó, pero no se sintió con
ganas de hacerlo.
Arregló su cuarto y fue a ayudar a su madre
en el resto de las tareas antes de ir a comprar. Harían después la comida para
las dos, le ayudaría también en eso, aunque normalmente no solía hacerlo,
siempre había sido así, la cocina era privilegio de su madre. Después, sentadas
a la mesa, en el comedor, una enfrente de la otra, no serían capaces de
articular ninguna palabra. La comida transcurriría en silencio. Atrás quedaron
los días de risas y comentarios. Su padre, su madre y ella aprovechaban ese
tiempo de unión para contarse sus anécdotas, sus penas y sus alegrías.
¡Era tan diferente ahora! Su padre jamás se
perdía esos instantes en que podían estar los tres juntos ¡la hora de la comida
era sagrada! Irene en esos momentos siempre pensaba que eran la familia
perfecta, pero todo se truncó… un día…, una despedida cariñosa…, una llamada
telefónica…, un accidente… ¡Fue tan inesperado! ¡Tan rápido! No se pudo hacer
nada.
Quedaron destrozadas por el dolor. Irene se
rompió por dentro, pensó que jamás se recompondría. Debieron enfrentarse a una
nueva vida ¡Todo fue tan diferente! Durante bastante tiempo y a la hora en que
su padre solía llegar a casa, tanto la madre como la hija, oían el llavín
penetrar en la cerradura y la voz ronca y alegre del marido y padre, resonar
por toda la casa. Su imaginación y su dolor les estuvo jugando una mala pasada
y poco a poco tuvieron que hacer frente a la cruda realidad de que ninguna
llave que no fuese la de ellas volvería a hurgar en esa puerta, y que no habría
ninguna voz ronca y alegre que las saludase desde la entrada. Irene no volvería
a colgarse del cuello de ese hombre que era la mitad de su vida.
Sacudió la cabeza para volver al presente. Le
quedaban por delante unas horas cruciales y no podía flaquear, tenía que
mantenerse entera. Esta vez estaba decidida y su decisión era firme. A las
cinco de la tarde sonó el timbre, siempre era a esa hora, ¡cómo las corridas de
toros, pensaba! aunque no sabía por qué. En su casa no gustaban las corridas y
ella jamás había presenciado ninguna, pero estaba segura de que empezaban a las
cinco en punto ¡lo habría oído! Irene se apresuró a abrir. Era su tía, tal y como
venía haciendo cada tarde desde lo de su padre. Una lágrima trató de asomarse a
sus ojos, pero la absorbió enseguida.
─ ¡Hola tía!
─ ¿Cómo está hoy mi niña?
─ Muy bien, como siempre.
─ ¿Y tu madre?
─ Ya está en la salita
esperándote.
─ Pues, no la hagamos esperar ¡cada día estás más guapa!
─ ¡Gracias tía!
Y le estampó un beso en la mejilla que Irene
agradeció. Su tía la animaba y hoy sería una gran ayuda para llevar a cabo su
resolución. Entraron en la salita, la tía saludó a su madre y cogió su labor.
Irene también cogió la suya y allí estaban las tres enfrascadas en sus labores
y comentarios. Pero, no eran las tres las que estaban pendientes de sus “labores
y de los comentarios”. Irene sentía que su cerebro flaqueaba y su corazón latía
con tal fuerza que parecía quisiese salirse de su cavidad. ¡No podía ser! ¡se
había mantenido firme! ¡no debía dar vuelta atrás!.
De soslayo y tratando de evitar la mirada
de su madre, miró el reloj ¡las seis menos cuarto! Su corazón se aceleró aún
más. Le oirían, estaba segura ¡no podía controlarlo!
─ ¡Para, para, no sigas, deja de
latir tan fuerte! ─le
decía a su corazón con su mente.
Ahora eran las sienes, ¡le latían!¡las
sienes le latían!¡la ofuscaban!
¿Pero, si lo tenía todo tan controlado? ¡tan calculado! Cerró los ojos, deseaba calmarse. La mirada de su madre seguía
fija en ella.
─¡Seguro que se estaba dando
cuenta de todo! ─pensó.
¿Cómo podía parar? ¿Cómo obligar a su mente
a obedecerla? Volvió a mirar la hora. Faltaban cinco minutos para las seis ¿Podré
cambiar? ¿ganará mi mente a mi corazón? ¡La cabeza le iba a estallar! Un
minuto… ¡Sólo faltaba un minuto! ¡No pudo más!. Se puso en pie de un salto, al
hacerlo, su labor aterrizó en el suelo sin que ella se molestase en recogerla y
a grandes zancadas se dirigió al balcón. Su madre y su tía se levantaron al
instante, seguras de lo que iba a ocurrir y fueron hacia ella. Pero ya había
abierto las hojas, había salido fuera y tenía medio cuerpo inclinado en la
barandilla, se balanceaba peligrosamente.
Miró abajo y le vio, ahí estaba, no había
fallado. Era la persona más guapa y maravillosa que existía en la tierra. Un
grito salió de su garganta, fue como un huracán, las palabras se le amontonaban,
le costaba articularlas. Sentía las manos de su madre y de su tía agarrándola
desde detrás, tiraban de ella, querían quitarla del balcón. Sí, como las otras
veces…
─ ¡Guapo! ¡precioso! ¡la madre
que te… debió de hacer varias novenas
antes de que tú salieses a la luz! ¡Ojala pudiese hacerte padre…!
El muchacho sin mirar al balcón de donde
provenían los gritos, sino todo lo contrario, agachaba avergonzado la cabeza y
aceleraba el paso tratando de pasar desapercibido ¡cosa bastante imposible! y, ¡cómo
disfrutaba ella!
─ ¿Dejaría de pasar por debajo
de su balcón todos los jueves a las seis de la tarde? ─Se preguntaba a sí misma. Pero
en ese momento no le importaba. Era su obsesión. No podía dejar de asomarse al
balcón todos los jueves a las seis de la tarde. Desde que le vio la primera vez,
de eso haría unas cuatro semanas, algo se posesionó en su mente de tal manera que
se sentía obligada a hacer aquello, a esos gritos desenfrenados. Después cuando
había acabado, por fin descansaba, su corazón latía pero no como antes, ahora
era de una forma acompasada, ya no existía el desenfreno, en unos minutos
volvería a ser la Irene de siempre y esa noche dormiría a pierna suelta y… ya
pensaría más adelante. Ahora no.
La metieron dentro como pudieron, ella se
dejaba hacer. Cerraron el balcón pues en todas las ventanas de los alrededores se
podían ver caras risueñas. Su madre y su tía trataron de no oír los
comentarios.
─ ¡Caray con la niña! ─comentaban unos vecinos.
─ ¡Fíate de las mosquitas
muertas! ─decían
otros.
Ahora y a través de los cristales, las voces
ya sonaban como un murmullo. Pero Irene no escuchaba. Irene “era feliz”.
Julita San
Frutos©

2 comentarios:
¡Cuántas cosas hay dentro de esta historia! Transporta en el tiempo, pero no lo determina, hace reflexionar, sobre muchas cosas...
Fue importante lo banal o quizá es banal lo importante.
Tienes razón Rebeca, se podría sacar diversas conclusiones sobre este tema.
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