domingo, 1 de marzo de 2026

EL PUENTE Y EL RÍO

1  de marzo de 2026. Hoy traigo hasta estas páginas lo que intenté que fuese una fábula sin, por supuesto, conseguirlo totalmente, pero bueno, como casi todo lo que escribo, quiero compartirlo con los que sois capaces de leerme mes tras mes y, en ocasiones, hacerme partícipe de vuestros comentarios.

Aquí os dejo El puente y el río.

Julita

 

 Hace muchos años, unos hombres construyeron un puente con la intención de poder cruzar el río sin mojarse y, además, no tener la necesidad de utilizar continuamente las barcas que, por otra parte, eran bastante lentas.

  Fueron colocando piedra a piedra con mucho tesón hasta que por fin estuvo terminado. En ese momento, el puente, al mirarse, se sintió muy orgulloso porque pensó que sería un pilar muy importante para la vida de la aldea, ya que ahora les resultaría más fácil atravesar de una orilla a otra.

  Y así fue durante mucho tiempo, las personas, bien andando o con sus carros, cruzaban día a día por ese puente que les ayudaba a simplificar su vida.

  Pero un buen día, al río, mientras sus aguas discurrían alegres por debajo de él, se le ocurrió decirle:

—¡Qué pena! Cada vez que paso por debajo de ti pienso que, al no poder moverte, no puedes ver todas las cosas bonitas de las que yo disfruto, porque están los montes, no únicamente los que nos rodean aquí, sino otros mucho más bonitos, y como a las plantas que crecen a lo largo de mi cauce las riego con mis aguas, están siempre verdes. También hay otras aldeas y otros pueblos y otra gente que cruzan por otros puentes parecidos a ti.

  El puente no supo que contestarle, pero a partir de ese día, empezó a sentirse muy triste. Ya no le parecía que fuese tan importante, pues el río le había dicho que había otros puentes como él, así que no era tan necesario como pensaba. Poco a poco y lleno de tristeza llegó a la conclusión de que tenía que hacer algo, pero no sabía que podría ser.

  Pasaban los días y su melancolía iba en aumento. Ya no le importaba quienes eran los que pisaban sus piedras, ni siquiera se entretenía con el reír y jugar de los niños, algo que siempre le había hecho sentirse muy feliz.

  Por sus piedras empezaron a resbalar unas gotas que caían directamente en el río. Esas gotas eran las lágrimas que no conseguía reprimir.

—¡Ay! —pensaba— ¿Cómo podría hacer para moverme de aquí y poder ver todo lo que me dijo el río?

  Pero no conseguía encontrar una respuesta.