viernes, 1 de mayo de 2026

EL AGUA DE MAYO

 Ya estamos a 1 de mayo de este año 2026, año que no está resultando demasiado maravilloso pero que poco podemos hacer al respecto.

El relato de hoy, para no perder la costumbre, se gestó por la frase que he utilizado de título y que propuso nuestra profesora de Escritura Creativa y, dado que estamos precisamente en este mes, me ha parecido un buen día para publicarlo.

Julita 

Miraba el cielo y no podía apartar mis ojos de él. El sudor bañaba mi rostro, mi cuerpo se resentía ante ese sol que fustigaba insensible la tierra.

Mis manos, agrietadas por el esfuerzo, me pedían a gritos que las dejase descansar.

La verdad es que era imposible continuar de esa manera, pero yo no quería desistir, tenía que conseguirlo. Me había propuesto a mi mismo no cejar en el empeño hasta haber conseguido el líquido elemento que tanta falta nos hacía.

Mi padre y, antes de él mi abuelo, me habían repetido hasta la saciedad que lo más importante era la lluvia, que siempre que mayo la traía, era una bendición para los campos:

—Nada puede compararse al agua de mayo— me decían.

Y yo lo sabía, desde pequeño me había regocijado con su llegada y saltaba, reía, me mojaba y chillaba debajo de ella, haciendo oídos sordos a mi madre que se desesperaba al verme y pensaba en las consecuencias que se derivarían de mi exceso de alegría.

Pero ahora, el mes de mayo llegaba a su fin y la ansiada lluvia no había llegado.

No podía permitir que las cosechas se perdieran. Así que, ahí estaba yo, sujetando la vara de negrillo con mis agrietadas manos, mientras interpretaba la danza que tantas veces había reproducido en el televisor, pensando en el momento en que me tocaría realizar a mí aquellas contorsiones.

Algo me estaba fallando, ¿sería posible que me hubiese olvidado de alguna cosa importante y por eso no obtenía resultados?

Decidí sentarme y repasar con calma todos los movimientos. Si los chamanes llamaban a la lluvia y la atraían, yo no iba a ser menos. Todo lo estaba ejecutando a la perfección. Las expresiones eran las mismas. Mi vara era de un Olmo viejo, tal y como se suponía que debería de ser, pues ya me había cuidado yo de conseguirla.

Me puse en pie y continué. No llevaba ni diez minutos cuando aparecieron las primeras gotas. ¡Por fin lo había conseguido! ¡No cabía en mí de gozo! Lloraba de la alegría cuando escuché su risa.

Mi hermana, harta de mi espectáculo, había cogido la manguera y, dirigiéndola a lo alto, dejaba caer el agua sobre mi como si de una lluvia se tratara.

Corrí tras ella, pero fue más rápida y se refugió en su cuarto muerta de risa. Creo que aún, y a pesar de los años que han transcurrido, no he conseguido perdonarla.

Julita San Frutos©