miércoles, 1 de julio de 2026

EL MOMENTO

Uno de julio de 2026 y, como el mes pasado, hoy no se muy bien como me vino a la cabeza este pequeño relato o como queráis llamarlo, pero lo que está claro es que lo escribí en su momento y hoy lo publico aquí para compartirlo con todas y todos.

Un abrazo y disfrutar de las vacaciones quienes las tengáis estos días.

Julita

Me encontraba sentado en una roca de la playa. Estaba tan ensimismado con la lectura del libro que tenía entre las manos, que no me di cuenta de que ella se acercaba a mí.

Sus pasos eran ligeros, tanto como la brisa del mar que me rodeaba. Al sentir su mano posarse en mi hombro, un escalofrío recorrió mi espalda. No la esperaba tan pronto, me había acostumbrado a estar solo con mis pensamientos y su presencia me encogía el alma, aunque sabía que un día vendría.

Cerré el libro y la invité a sentarse a mi lado. No sabía si aceptaría, pero si lo hacía, sería una forma de alargar el tiempo. Me habían hablado mucho de ella, aunque hasta ahora nunca la había visto.

Ahora los dos mirábamos al mar, como las olas rompían en la arena de la playa, pero ni una sola palabra salía de mis labios, quise girarme para mirarla, necesitaba saber por qué había venido a buscarme precisamente a mí, pero no fue necesario porque se incorporó y, cogiéndome de la mano, hizo que me incorporase yo también.

Quedamos frente a frente, vi su mirada sin rostro, cubierta casi en su totalidad por la capucha de su vestimenta negra, me fijé en la guadaña que sostenía en su mano libre y, como un autómata, la seguí.

Me recibió el agua salada y la espuma cubrió mi cuerpo. En ese momento a mi memoria acudieron imágenes de mi vida pasada y mis lágrimas se fundieron con el salitre. No fui consciente del tiempo que pudo transcurrir, quizá no fuese mucho, cuando noté que su mano agarraba de nuevo la mía.

Después, tumbado en la arena de la playa intentando recuperarme de lo que acababa de vivir, fijé mi mirada en una imagen oscura que, desde lo alto de las rocas, me observaba condescendiente. Se giró y desapareció de mi vista, pero, antes de hacerlo, un susurro llegó hasta mí, murmullo que fui capaz de entender:

—No era tu momento. —Dijo.

Julita San Frutos©

 

lunes, 1 de junio de 2026

JUEGO LIMPIO

Uno de junio de 2026, como sabéis todos y todas que me leéis, siempre me gusta explicar un poco como surgió el relato, o pensamiento o reflexión que publico cada mes, más o menos desde que comencé este blog, pero, en esta ocasión, me es imposible dar una explicación coherente porque, la verdad, no tengo la menor idea de como se me ocurrió, aunque quizá la frase Juego limpio surgió del Taller de Escritura de la Pobla de Vallbona como en otras ocasiones.

En fin, aquí os lo dejo para que podáis leerlo y por supuesto, si os apetece, comentarme lo que os venga a la cabeza.

Un saludo y un muy buen mes de junio.

Julita

Me pedía perdón apoyando su cabeza en mi hombro y llenándome de besos y yo, conmovida por las lágrimas que escapaban de sus ojos y surcaban sus mejillas, se lo daba.

Una y otra vez, después de haber sentido la humillación de sus denigrantes palabras caer sobre mi como si de un cántaro de agua fría se tratara, sucumbía a la trampa de sus caricias, de su mirada suplicante y pensaba que todo se arreglaría, que cambiaría, que llegaría el día en que se daría cuenta del daño que me estaba haciendo.

Y llegó, llegó ese día en que fue consciente de ese perjuicio y, le gustó. Empezó a disfrutar con mi dolor, se regocijaba en mi orgullo herido, en mis lamentos, en mis sollozos y probó a ir más allá.

Recibí su primer golpe aquel día aciago que ha quedado grabado en mi memoria como si hubiese sido hecho con hierro candente y, de nuevo, le perdoné.

Oculté como mejor pude el hematoma que se hizo visible en mi rostro y, aunque el dolor me carcomía por dentro, traté de seguir con mi vida que, poco a poco sentía desmoronarse.

Le quería, le quería tanto que intentaba justificar su actitud mientras pensaba que era yo el problema, que algo hacía mal, que no le comprendía. Llegué a la conclusión de que debía cambiar de actitud, medir mis palabras y mis actos para no alterarle.

Pero cuanto más intentaba yo evitar la violencia, más me la demostraba él. Después de aquél primer golpe vinieron muchos más. Me agarraba del pelo tirándome la cabeza hacia atrás mientras me decía al oído todos los improperios que se le ocurrían y me hacía partícipe de lo que me pasaría si contaba a alguien lo que me estaba haciendo.

No sé en qué momento me di cuenta de que no podía continuar por ese camino. Sabía que no estábamos en igualdad de condiciones y que era muy posible que saliese perdiendo, pero algo tenía que hacer.

viernes, 1 de mayo de 2026

EL AGUA DE MAYO

 Ya estamos a 1 de mayo de este año 2026, año que no está resultando demasiado maravilloso pero que poco podemos hacer al respecto.

El relato de hoy, para no perder la costumbre, se gestó por la frase que he utilizado de título y que propuso nuestra profesora de Escritura Creativa y, dado que estamos precisamente en este mes, me ha parecido un buen día para publicarlo.

Julita 

Miraba el cielo y no podía apartar mis ojos de él. El sudor bañaba mi rostro, mi cuerpo se resentía ante ese sol que fustigaba insensible la tierra.

Mis manos, agrietadas por el esfuerzo, me pedían a gritos que las dejase descansar.

La verdad es que era imposible continuar de esa manera, pero yo no quería desistir, tenía que conseguirlo. Me había propuesto a mi mismo no cejar en el empeño hasta haber conseguido el líquido elemento que tanta falta nos hacía.

Mi padre y, antes de él mi abuelo, me habían repetido hasta la saciedad que lo más importante era la lluvia, que siempre que mayo la traía, era una bendición para los campos:

—Nada puede compararse al agua de mayo— me decían.

Y yo lo sabía, desde pequeño me había regocijado con su llegada y saltaba, reía, me mojaba y chillaba debajo de ella, haciendo oídos sordos a mi madre que se desesperaba al verme y pensaba en las consecuencias que se derivarían de mi exceso de alegría.

Pero ahora, el mes de mayo llegaba a su fin y la ansiada lluvia no había llegado.

No podía permitir que las cosechas se perdieran. Así que, ahí estaba yo, sujetando la vara de negrillo con mis agrietadas manos, mientras interpretaba la danza que tantas veces había reproducido en el televisor, pensando en el momento en que me tocaría realizar a mí aquellas contorsiones.

Algo me estaba fallando, ¿sería posible que me hubiese olvidado de alguna cosa importante y por eso no obtenía resultados?

Decidí sentarme y repasar con calma todos los movimientos. Si los chamanes llamaban a la lluvia y la atraían, yo no iba a ser menos. Todo lo estaba ejecutando a la perfección. Las expresiones eran las mismas. Mi vara era de un Olmo viejo, tal y como se suponía que debería de ser, pues ya me había cuidado yo de conseguirla.

Me puse en pie y continué. No llevaba ni diez minutos cuando aparecieron las primeras gotas. ¡Por fin lo había conseguido! ¡No cabía en mí de gozo! Lloraba de la alegría cuando escuché su risa.

Mi hermana, harta de mi espectáculo, había cogido la manguera y, dirigiéndola a lo alto, dejaba caer el agua sobre mi como si de una lluvia se tratara.

Corrí tras ella, pero fue más rápida y se refugió en su cuarto muerta de risa. Creo que aún, y a pesar de los años que han transcurrido, no he conseguido perdonarla.

Julita San Frutos©

 

miércoles, 1 de abril de 2026

EN BUSCA DE UNA SOLUCIÓN

Buenos días, 1 de abril de 2026, hoy, como en otras ocasiones, publico un relato que se gestó en el seno del Taller de Escritura de la Pobla de Vallbona, se debió a un viaje de una de nuestras compañeras a Ávila.

Al inmortalizar lo que ella consideró algo original y que compartió con nosotras, dio paso a diferentes historias y, ésta es la mía. 

Julita

A pesar de su corta edad, fue consciente de que su vida acababa de dar un gran giro. Las miradas afligidas de los que la rodeaban le hicieron adivinar la realidad de lo que la esperaba a partir de ese momento.

La forma en que la contemplaban y los retazos de las conversaciones que con voz queda susurraban, terminaron por convencerla.

Se sintió tan triste que quiso huir de allí, perder de vista toda aquella parafernalia, pero no supo adónde. Así que subió a su habitación y se dejó caer de bruces en la cama, sollozando. ¿Por qué había ocurrido aquello? ¿No era Dios consciente de que los necesitaba? ¿Por qué le había quitado a los dos? ¿Cómo iba a vivir sin ellos?

Ahora era una huérfana y ninguno de sus hermanos se haría cargo de ella. Tenían demasiados problemas, como había escuchado que les decían a sus padres en más de una ocasión y seguro que no querrían añadir uno más, aunque se tratase de ella.

De repente le vino a la memoria unas postales que sus padres llevaron después de su viaje a Ávila y recordó lo que en una de ellas ponía. Decidió buscarlas sin pérdida de tiempo.

No tardó en encontrarlas, pues sabía dónde las habían guardado y, eligiendo la que le interesaba, acudió como una exhalación al lado de su hermano mayor a quien se la entregó sin pérdida de tiempo.

Él, con el asombro reflejado en el rostro, la tomó de sus manos sin comprender. Ella, secándose las lágrimas que acudían a sus ojos sin poder evitarlo y haciendo caso omiso de las miradas de todas aquellas personas que les rodeaban, le dijo mientras señalaba la postal:

—Mira lo que pone en esta tarjeta: LIMOSNA PARA CASAR DONCELLAS HUÉRFANAS. Sé que es en Ávila porque los papás la trajeron de allí y como yo ahora soy huérfana, pero aún no voy a casarme, la limosna podrás quedártela tú.

Julita San Frutos©