Acabamos de estrenar un nuevo año y yo, siguiendo con mi norma de que la empatía se extienda al mayor número posible de seres humanos, publico hoy un relato que, cuando lo escribí, dudé en que categoría emplazarlo, al final, he decidido que forme parte de los relatos infantiles, pues considero que los niños tienen la mente más abierta que los adultos, aparte de otras muchas cosas que vamos corrompiendo según pasan los años.
En fin, espero que os guste.
Las olas descargaban con fuerza sobre la arena de la playa. Diríase que
estaban tremendamente enfadadas por algún motivo que únicamente ellas sabían.
Una y otra vez, sin descanso, iban y venían del mar a la costa, arrastrando los
pequeños guijarros incapaces de hacer frente a su envite.
Sentado en una roca, Martín contemplaba el espectáculo que se
desarrollaba delante de sus ojos mientras dejaba que su mente vagara. Desde su
privilegiado lugar dominaba toda la extensión de arena y agua y pensaba que su perspectiva,
tan relajante, conseguiría que los recuerdos no volviesen a apoderarse de él,
como le estaba ocurriendo continuamente. Debía seguir adelante, pero el
problema era que no sabía cómo hacerlo.
Su familia se había marchado, no tenían más remedio que hacerlo, al
menos eso fue lo que le dijeron. Las palabras resonaban aún en sus oídos:
─ ¡Tú eres
muy valiente Martín y seguro que vas a saber arreglártelas sin nosotros! ¡Ten
la seguridad de que en el momento que podamos, volveremos contigo! Mientras
estés solo, Pedro cuidará de ti y no te faltará nada, estará pendiente de
cualquier cosa que necesites.
Pedro era el capataz de la finca, le conocía desde siempre, no era mala
persona, pero nunca podría darle lo que más necesitaba ¡su familia! y ellos no
estaban allí. Tampoco tenía muy claro si de verdad volverían algún día.
Notó como una lágrima se escapaba de uno de sus ojos e intentó
reprimirla, pero como le pasaba siempre, no solo no pudo dejar que resbalase
esa primera, sino que tras ella aparecieron más, hasta que, sacudiendo la
cabeza, decidió que ya estaba bien, que no podía continuar así.
Cada día, desde la marcha de su familia, apenas aparecía el sol por el
horizonte, él dejaba atrás la casa y se encaminaba al lugar en el que ahora se
encontraba, y allí, recordaba los días felices con ellos, jugando sin parar,
para después, agotados por el cansancio, dirigirse todos juntos a descansar.
Era imposible, no había forma de cambiar de actitud, sentía demasiada
tristeza en su corazón. Pasaría el día encima de la roca y cuando el sol se
alejase volvería a la casa, donde Pedro le recibiría indiferente. El hombre,
después del susto del primer día cuando no consiguió encontrarle por ningún
sitio a pesar de haberse desgañitado llamándole, pensó, cuando le vio volver al
atardecer sin un solo rasguño, que lo mejor era dejarle que fuese él el que eligiese
la mejor forma en que debía pasar su tiempo.
De repente y sin saber muy bien por qué, decidió fijar su mirada en la
arena, entonces se dio cuenta de que había algo en ella que luchaba con todas
sus fuerzas para no quedar sepultado, pero tantas veces como emergía, el agua
lo envolvía y arrastraba hasta perderse de vista de nuevo.
Martín agudizó la mirada, pero únicamente veía la espuma que se había
formado. No podía permanecer impasible, tenía que acercarse al lugar y
averiguar lo que estaba ocurriendo. De un salto se incorporó y en cuestión de
pocos segundos logró llegar al lugar de su destino.
Buscó entre la arenisca, pero nada, ni rastro de lo que él había visto.
Así que decidió escarbar para dar con ello, pero el mar, más indomable aún de lo
que había estado hasta ese momento, mandó una ola de tales dimensiones que le
arrastró al fondo sin que fuese capaz de resistirse.
Siempre había nadado muy bien, pero en ese momento no estaba seguro de
poder salvarse. Mentalmente se arrepintió de la decisión que había tomado.
« ¿Por qué era tan impulsivo?
¡Cuántas veces se lo habían reprochado! Pero era algo que no podía evitar, iba
con su carácter.››
Decidió dar lo mejor de sí mismo para no dejarse llevar mar adentro
donde seguro que no podría hacer nada por evitar un triste final. Con mucho
esfuerzo, consiguió ganar la orilla y se apresuró a escapar de la bravura del
agua. Cuando se sintió más tranquilo se sacudió para eliminar en parte la
humedad que le agobiaba, al hacerlo, una pequeña tortuga cayó al suelo y se
apresuró a esconderse dentro del caparazón.
La miró extrañado pensando de donde podía haber salido, cuando cayó en
la cuenta de lo que debía de haber pasado: seguramente, al caer él en la arena
por la fuerza del agua, el animalito se le había aferrado como si de una tabla
de salvación se tratase. Después y durante toda su lucha por salvarse, de
alguna manera, la tortuguita había conseguido mantenerse sin caer, seguramente
agarrada a su pelo con uñas y dientes y ahora, ahí estaban los dos, supervivientes
de esa aventura.
El animalito había caído boca arriba, así que la ayudó a ponerse en la
situación correcta, pero a pesar de eso, no salía de su caparazón. Martín pensó
que no le extrañaba en absoluto, después de todo lo que había pasado, lo más
normal es que tratase de tranquilizarse y seguramente lo conseguiría mejor
escondida en la seguridad de su casita.
Sin perderla de vista, empezó a pensar en lo extraño que resultaba que un animalito tan
pequeño estuviese solo en la playa, estaba seguro de que cuando salían de sus
huevos, se adentraban en el mar, aunque alguna, antes de conseguir llegar a su
meta, era atrapada por algún depredador al acecho.
Estaba claro que la que ahora se
encontraba a su lado no había seguido el
camino de las demás, si no, más bien las había perdido y se había quedado en la
arena luchando contra las olas.
Un nuevo sentimiento le invadió, ¡la tortuguita estaba en su misma
situación, así que era su deber ayudarla!
La cogió con mucho cuidado entre los dientes y la llevó al agua. No
quería soltarla hasta comprobar que estuviese fuera de peligro. Así que puso
sus patas en movimiento y no tardó mucho en divisar al resto de sus hermanas.
Una vez a su lado la soltó, y dándole un cariñoso empujoncito con el
hocico, consiguió que se uniese a ellas. Cuando comprobó que no corría ningún
peligro, nadó en dirección a la playa. Subió a su roca para contemplarlas en la
lejanía y en ese momento se prometió que no las dejaría solas, que cada día las
vigilaría para que nada ni nadie interrumpiera su progreso.
Se dirigió a su casa con el corazón feliz por lo que acababa de hacer y
pensando que cuando llegase, se tiraría a los brazos de Pedro lamiéndole sin
descanso, pues se había dado cuenta de que no tenía la culpa de que los demás
se hubiesen ido y de que en realidad era un hombre bueno, brusco, pero bueno.
Se quedaría extrañado, pues nunca le había dado muestras de cariño, pero estaba
seguro de que se alegraría.
Desde ese día, las horas eran más cortas para él, aprendió a querer al
capataz, vigilaba a las tortugas para que no les pasase nada y correteaba por
la finca saludando y cuidando a los otros animales. Cuando quiso darse cuenta,
habían llegado las vacaciones y sus amos se encontraban allí de nuevo.
Los recibió lamiéndoles y moviendo la cola, como siempre había hecho.
Correteó junto a ellos yendo y viniendo sin parar y jugando hasta acabar
agotado al final de la jornada.
Al llegar el momento de la nueva despedida, supo que el tiempo pasaría
volando, pues él había encontrado no uno, si no varios motivos para no perder
las ganas de disfrutar cada día.
Julita San Frutos©

8 comentarios:
Muy ameno, muy simpático... y con una moraleja que no deja lugar a dudas : piensa en los demás y olvídate un poco de ti porque es en el hecho de compartir donde se encuentra la felicidad.
Tienes razón Marina, compartir es muy importante, te ayuda a sentirte más realizada como persona. Un abrazo muy fuerte.
Muy bonito cuento Julita. Si nos damos un poco más a los demás todo funciona mejor
Feliz año
Igualmente por la felicitación del nuevo año, ojalá se nos presente lo mejor posible, gracias por que te guste mi cuento y tienes razón con lo de darnos a los demás, la vida puede resultar mucho más agradable. Un abrazo.
Juli,la historia de Martin es muy linda. Creo,hay q compartir con los demás,y,no pensar tanto en uno mismo. Se puede ayudar y colaborar incondicionalmente en un montón de cosas y sentirte muy útil. Un fuerte abrazo. Tere
Bravo, Julita!!!
Me has tenido pendiente de lo que le ocurría a Martín y, hasta que no he llegado a la parte en la que coge a la tortuga con la boca, he pensado todo el rato que se trataba de un chiquillo. Para nada he llegado a la conclusión que el protagonista era un perro.
La verdad es que me extrañaba que alguien pudiera acudir a la playa a diario sin tener nada más que hacer pero he pensado que igual tenía algún problema psicológico y este era el mejor tratamiento, no sé.
Y sí, efectivamente, pasar los días aburrido y tedioso, no conduce a nada bueno. Es mucho mejor sentirse útil y tener interiorizada ese magnífica sensación y ese regusto tan maravilloso que se nos queda cuando prestamos nuestra ayuda a los demás.
¡Qué lástima que haya gente que se lo pierda!
Un abrazo, feliz año y hasta la próxima.
Helen Pi
Gracias Tere porque te guste la historia de Martín y tienes razón cuando dices que es muy importante ayudar a los demás, pienso que es tan bueno para el ayudado como para el que ayuda. Gracias también por tu comentario, sabes que me gustan mucho. Un abrazo.
Hola Helen, mi idea cuando lo escribí era, como bien dices, que quien lo leyese no supiese que se trataba de un perro hasta que empiezo a dar pistas, y parece que lo he conseguido, pues creen que es un niño y sienten pena de que le hayan dejado solo. Me encanta, como sabes, los comentarios, pues son los que me animan a seguir escribiendo. Espero continuar contando con los tuyos, así que como dices: feliz año y hasta el próximo. Un abrazo.
Publicar un comentario