miércoles, 28 de febrero de 2018

ISAURA

El relato que publico hoy corresponde a un hecho real, es el segundo que escribo con esta misma circunstancia, pero en esta ocasión existe la salvedad de que he contado con el beneplácito de la protagonista, aunque y como no podía ser de otro modo, he añadido mis retoques, pequeños granos de arena en una gran playa.
Julita

  Ese día, como la mayoría de los que habían transcurrido desde que cumplió los 7 años, Isaura se levantó con el alba. Le tocaba ocuparse de sacar a pastar a las cabras, así que se lavó un poco la cara, lo justo para quitarse las legañas que tenía pegadas a las pestañas, después de una noche de intenso y reparador sueño.
  ¡Te lavas cómo los gatos! Le decía siempre su abuela.

  Después se vistió, se peinó y bajó a tomarse el pan con leche caliente  que su madre ya tenía preparado. Reconfortada por el desayuno que le había calentado el estómago,  se puso el tabardo y metió los pies en las abarcas, los zuecos de madera que su abuelo la hizo siendo aún muy pequeña para que se le conservasen siempre secos. Esa mañana la iban a venir muy bien porque la verdad es que hacía mucho frío.
 ¡Se fijó en el vaho que cubría las ventanas y un escalofrío recorrió su espalda!  Salió de la casa para dirigirse al corral, donde los animales ya la esperaban nerviosos y cerró la puerta detrás de ella, procurando que el ruido no despertase a sus hermanos pequeños.
  Isaura conocía a todas las cabras por su nombre y ellas también eran capaces de reconocerla a bastantes metros de distancia, por eso tenía muy claro que una vez cantase el gallo, ya no podía entretenerse en acercarse al redil, pues si tardase en hacerlo, se pondrían a balar sin parar para llamar su atención. Alguna vez le había ocurrido y entonces, al balar de las cabras, se unía la voz de su padre voceando su nombre, de tal modo, que hasta los mochuelos que aún dormitaban en las ramas de los árboles más cercanos, llegaron a aprendérselo.
  Sabía que su padre tenía razón al advertírselo tantas veces, se ponían muy nerviosas y no era nada bueno para ellas, por eso había aprendido a calcular el tiempo que tardaba en arreglarse y desayunar para llegar a tiempo antes de la salida del sol.
   Mientras cruzaba el pequeño tramo que separaba la casa del corral, recordó el día de su séptimo cumpleaños, en el que su padre, después de felicitarla como los años anteriores, le dijo:
Bueno Isaura, ya tienes 7 años, la edad de la cordura y la suficiente para que empieces a hacerte cargo de las cabras, tendrás que sacarlas a pastar cada vez que nos corresponda hacerlo a nosotros. No he querido ser como mi padre que me lo encomendó cuando cumplí los 5, para él yo ya era lo suficiente mayor, pero tú eres una chica y me hubiese gustado esperar un poco más, lo que pasa es que tus hermanos son muy pequeños y yo necesito tu ayuda, eres muy buena hija y sé que vas a hacer muy bien tu trabajo.
  Isaura le miró sin pestañear y no abrió la boca, ¡no tenía nada que decir! ¿para qué? ¡Las cosas eran así! Ella era la mayor, la primera que nació del matrimonio de sus padres y sobre la que recaería más responsabilidad.
  Días antes de su séptimo cumpleaños, se le había pasado por la cabeza, aunque muy fugazmente, que ahora que iba a tener “uso de razón” quizá su padre la mandase algún día a la escuela como hacían otros padres, pero fue un pensamiento tan efímero, que tal como nació, se perdió dentro de ella.
  Con su pequeño rebaño detrás de ella, fue recogiendo las de los vecinos más próximos. Hacía muchos años, antes de que ella naciese, que en la aldea habían llegado a un acuerdo. Se trataba de que cada día fuese una persona o un niño de cada casa, quien se ocupase de sacar a pastar a todas las cabras del vecindario. La verdad es que no eran muchas, por lo que de esa forma, el día que no les tocaba, podían ocuparse del resto de las faenas de las granjas, que éstas sí que eran numerosas.
  Isaura prefería salir con las cabras, pues eso le permitía tener tiempo, mientras ellas pastaban, de leer el libro que siempre llevaba en su zurrón. Cuando se quedaba en casa, eran tantas las labores que tenía que hacer, que al caer la noche, estaba tan cansada, que en lo único que pensaba era en dejarse hundir en su jergón hasta que el gallo cantase anunciando un nuevo día.
  Alguna vez intentó ponerse a leer mientras disfrutaba de un pequeño descanso en la granja, pero cuando su padre la veía, le decía:
¿Ya estás perdiendo el tiempo? ¡La mujer en la casa con sus hijos, el marido y el trabajo, nada de lecturas, las letras desbaratan el cerebro!
  La cabeza de Isaura siempre era un torbellino de pensamientos, por eso ahora que tocaba “su libro”, como ella lo llamaba, para asegurarse de que no se lo había dejado en casa, le vino a la memoria el día que lo consiguió.
  Fue un Domingo, uno de los pocos que su familia pudo ir al pueblo a misa, normalmente no podían hacerlo porque la granja les absorbía todo su tiempo.  Al salir de la Iglesia, el cura se acercó a ellos para saludarles y al fijarse en ella, la vio tan crecida que le preguntó:
¡Caray, sí que te has hecho mayor Isaura! ¿Cuántos años tienes?
Ocho Contestó la chiquilla.
Y dime ¿querrás hacer la comunión?
  Isaura antes de contestar, miró a su padre, sabía que la respuesta tenía que darla él, pero el hombre se limitó a encogerse de hombros y decir:
¡Ya veremos!
  Ni Isaura, ni su madre, ni siquiera el cura hicieron ningún comentario, sabían que el padre contestaría cuando lo considerase conveniente.
  Se despidieron del sacerdote y cuando ya se encaminaban hacia el camino,  les llamó pidiéndoles que esperasen un momento. Le vieron entrar en su casa y salir con un pequeño libro en las manos. Lo depositó en las de Isaura mientras le decía:
Toma, léelo y cuando lo hayas hecho, que te traigan a hablar conmigo.
Pero balbució Isaura es que ¡no sé leer!
  El cura, mirando de nuevo al padre y para evitar un enfrentamiento, únicamente le dijo:
No te preocupes, los caminos del Señor son inescrutables, llévatelo que Él proveerá.
¡Ya está bien señor cura! ¡No le meta más pájaros en la cabeza que bastantes tiene ella ya! Aprender a leer no es importante en la vida y menos para una mujer, lo que tiene que hacer es trabajar y saber llevar una casa para cuando tenga que ocuparse de la suya propia y de su marido.
  Isaura se escondió el libro detrás de su cuerpo y miró al cura, quién con un guiño de ojos pasó a ser cómplice de la niña.
  Por eso, cada vez que salía al monte con las cabras, lo primero que metía en el zurrón, junto con su almuerzo, era el libro “su libro”. Poco a poco y con mucho tesón, consiguió conocer las letras y ahora estaba tratando de juntarlas para formar las palabras, estaba segura de que un día acabaría leyendo todas las hojas, ¡desde la primera hasta la última!
  Los animales eran testigos de sus esfuerzos. Por eso cada vez que ella bailaba y cantaba cuando conseguía identificar una letra, ellos balaban alegrándose y apoyándola para continuar.
  Con todos estos pensamientos ya había llegado a la última casa de la aldea. De allí, como siempre, salió José para darle los buenos días y entregarle sus cabras. Era éste un hombre grande y adusto, al que nunca se le había visto una sonrisa en la cara, pero Isaura estaba segura de que era porque se le quedaban en algún lugar entre los dientes, pues a pesar de su aspecto, por otra parte no tan diferente al resto de hombres de los alrededores, con ella era siempre amable, incluso a veces rayando en lo cariñoso. Isaura pensaba que quizá se debía a que a pesar de los años que llevaban casados, su mujer no había conseguido dar a luz a un hijo vivo.
  Fuese por lo que fuera, a ella José siempre le había parecido una buena persona, así que le saludó alegremente:
¡Buenos días señor José!
¡Bueno lo tengamos chiquilla! Por cierto, tengo a la Negra a punto casi de parir y no sé si que te la lleves o dejarla aquí en el corral.
Pero ¿será para hoy?
Bueno, no estoy muy seguro, lo mismo podría ser hoy que mañana.
Pues no se preocupe, señor José, me la llevo y estaré pendiente de ella, si llegase el momento le aseguro que sabré apañármelas como el que más.
¡De eso estoy seguro, que sé que redaños no te faltan! Pero, de todas formas no te alejes mucho.
Pierda cuidado señor José, que estaré donde se me pueda oír un grito. Ale, ¡con Dios!
Pues que sea Él quien te acompañe.
  Siguió camino al monte, procurando como siempre, que las cabras anduviesen delante de ella para no perderlas de vista. Caminaba sin prisa para que a la Negra no le costase seguirlas, pues se le quedaba rezagada por el peso que acarreaba.
  Por fin llegaron a un claro donde podían pastar los animales y ella se sentó en una roca y sacó su libro, como siempre. De pronto las cabras huyeron despavoridas y pudo ver con horror que dos lobos arremetían contra ellas, en cuestión de segundos tuvieron a la Negra entre las fauces, pues no estaba en condiciones de correr.
  Isaura comenzó a chillar con todas sus fuerzas y con el cayado en alto corrió hasta donde se encontraban los lobos. Los hombres tardaron muy poco en acudir y poner en fuga a las dos fieras, pero ya no se pudo hacer nada por la Negra. Uno de ellos le había clavado los colmillos en el pescuezo provocándole la muerte y el otro casi la había desgarrado tirando con sus fauces de una ubre.
  Con mucha destreza, ya que lógicamente eran duchos en todos esos menesteres, consiguieron sacar de las entrañas de la cabra los dos cabritos que albergaba. Tapándolos como pudieron y acercándolos a sus cuerpos para darles calor, los llevaron a casa de José, donde su mujer se hizo cargo de ellos
  Mientras bajaban a la aldea, Isaura no podía calmarse, los nervios se habían apoderado de ella, no quería llorar, pero la rabia la hacía que las lágrimas asomasen a sus ojos. Su padre que se había acercado a ella, le pasó un brazo por los hombros y atrayéndola hacia él, le dijo:
Isaura, yo sé que esto duele mucho y que te va a costar olvidarlo, pero piensa que podía habernos ocurrido a cualquiera, los lobos tienen hambre, está siendo un invierno muy duro y bajan de los montes en busca de alimento. No ha sido culpa tuya, ni de los  lobos tampoco.
  A partir de ese día, la niña se acercaba a casa de José para ver a los cabritos. Ayudó a su mujer a criarlos con la leche de las otras cabras y con muchos mimos y cuidados, los animalitos salieron adelante. Tiempo después pasaron a formar parte del rebaño y salieron a pastar a los montes.
   Ahora  Isaura, con sus más de 80 años sobre los hombros y sin haberse quitado nunca la imagen de los lobos de su cabeza, cuando se sienta delante del televisor encendido, siempre se hace la misma pregunta:
Aquél día a los lobos les incitó el hambre para matar a la cabra, pero ¿qué es lo que mueve a los hombres para acabar con sus semejantes?

 “Pero, ¡nunca ha conseguido darse una respuesta!”

          Julita San Frutos©

10 comentarios:

Experiencia, dijo...

Magnífico relato que nos obliga a reflexionar sobre la actitud que a veces adoptamos en relación con nuestros congéneres. No es el hambre lo que nos impulsa, sino la codicia y las ansias de poder y dominación.

Juli imagina historias dijo...

Tienes razón Experiencia, al hombre no le mueve el hambre para ir en contra de los demás, es la codicia y sentirse superior.

Teresa Juanis Mirasol dijo...

Juli,como ya te comenté el relato me encantó.No dejes de escribir es una gozada que compatras estas bonitas historias. Un abrazo.Tere

Juli imagina historias dijo...

Gracias Tere por tu comentario, por leer mis escritos y porque te gusten. Un abrazo.

Ana Caudet dijo...

Como siempre, me ha gustado mucho tu relato. Aunque la protagonista es una niña,tiene mucha fuerza y al mismo tiempo mucha sensibilidad.
Enhorabuena Julita.

Juli imagina historias dijo...

Me alegra mucho tu comentario Ana, igualmente me gusta que te parezca un buen relato, como digo, es un hecho real con mis pequeños aportes.

Unknown dijo...

Hola. Muy bonito el relato. Por una parte nos muestra la forma de vida hasta hace unas pocas decadas y por otra como la naturaleza humana se guía por las ansias de poder, codicia, superioridad... y como los animales actuan solo por necesidad y no más de lo que les hace falta para sobrevivir.
Un abrazo
Enrique

Juli imagina historias dijo...

Gracias Enrique por tu comentario, lo que verdaderamente es una pena es que haya cambiado la forma de vivir, pero no la de pensar, continúa existiendo la codicia, las ansias de poder... y todo lo demás y lo triste es que no parece que vaya a cambiar.

Helen Pi dijo...

¡Caray Julita, cómo me has sorprendido!
Comienzas relatando un día cualquiera en la vida de Isaura. Una niña trabajadora y sin escolarizar. Con un padre de ideas arcaicas y una madre que casi ni aparece. Sólo para prepararle el desayuno. Es decir, un cero a la izquierda.
¿Cuántas familias existirán así todavia en el mundo?

Aunque lo que menos me imaginaba es que iban a aparecer los lobos. He estado a punto de dejar de leer. Llevo un tiempo, tal vez porque me hago mayor, que estoy muy sensible y aquí sufro cuando pienso en Negra.

Pero he intentado evadirme un poco y he llegado al final.

Y también te diré que me ha sorprendido la reflexión del padre cuando dice que los lobos tampoco tienen la culpa, que sólo tienen hambre.
Ojalá todos los pastores pensaran igual ya que en la Península Ibérica están en peligro de extinción.
A lo largo de la historia ha sido un animal odiado y despreciado por todos.

Y para terminar te diré que, aunque este relato no es mi preferido, te doy las gracias por hacerme pensar. Como siempre.

Juli imagina historias dijo...

Gracias a tí Elena por tu comentario, y por leerme, te tengo que decir que es una historia real con algunos adornos míos, por supuesto. Es la madre de mi vecina de enfrente, son gallegos y sí, los lobos mataron a la cabra y nunca lo olvidó y su padre le hizo esa reflexión. Me alegro de que te sirva para pensar.