Esta vez pongo un nuevo cuento con el que quizá intento explicar una forma diferente de sentir la felicidad.
Julita
Esa
mañana, cuando Paquito se despertó, se dio cuenta de que algo le faltaba,
estaba seguro de que cuando se acostó la noche anterior lo tenía. ¿Qué había
pasado? Recordó que cuando su madre le mandó a la cama, se fue con una gran
decisión; Iba a soñar con él, con su deseo
y así lo haría grande. Pero… ¡No estaba! ¿Qué podía hacer? ¡No podía haberlo
perdido! ¡Era incapaz de pensar en esa posibilidad!
No
se acobardó y decidió que lo buscaría por todas partes. Con esa idea en la
cabeza se vistió, desayunó y después de dar un beso a sus padres se encaminó al
colegio. Al poco de salir de su casa, se encontró con una abuelita que quería
cruzar la calle pero, no se atrevía a hacerlo sola, pasaban demasiados coches y
ella no veía bien el semáforo.
Así
que Paquito le agarró del brazo y le dijo al oído:
− No se preocupe señora, yo la ayudaré a
cruzar.
La
abuelita le miraba pero no parecía entender muy bien lo que le decía, así que
Paquito pensó que debía de estar un poco sorda, como le pasaba a su abuela y
decidió utilizar el mismo método que empleaba con ella: Le hablaba un poco más
alto a la vez que le hacía señas con las manos; así que se puso delante de ella
y mirándola directamente le dijo:
− Le digo que no se preocupe, que le voy a
ayudar a cruzar la calle y le acompañaré a donde quiera ir.
La
abuelita cogiéndole la mano le susurró:
− ¡Gracias niño, eres un encanto! Pero, ¿no
se te hará tarde para ir al colegio?
− Bueno, siempre salgo de casa con mucho
tiempo y así no tengo problema si me entretengo. ¿A dónde va?
− Voy a mi casa que está aquí cerquita.
Paquito se dio cuenta de que la abuelita estaba a punto de que se le
saltasen las lágrimas, se agarró a su brazo apretándoselo fuerte y esperaron a
que el semáforo se pusiese verde. Cruzaron, y cuando estuvieron a la puerta de
la casa, la abuelita se soltó de su brazo y le dio un beso muy fuerte y con
tanto cariño, que esta vez fue Paquito el que estuvo en un tris de no poder
reprimir las lágrimas.
Se
había entretenido más de lo que él pensaba, así que le tocó correr para llegar
al colegio antes de que cerrasen la puerta pero, ¡había valido la pena!
A
la salida y cuando volvía a su casa, se encontró con un perrito que estaba
escondido o intentaba esconderse detrás de un árbol. Se acercó muy despacito a
él para no asustarle, pero el perrito no se asustó, al contrario, dejó que le
acariciase y se quedó mirándole de tal forma que Paquito pudo entender que
estaba perdido. Habló con él, pues se puede perfectamente hablar con los
animales, no nos contestan con palabras, pero tienen muchas formas de hacernos
comprender lo que quieren decirnos. Entonces Paquito le dijo que le siguiera,
que irían a su casa y seguro que sus padres sabrían lo que se podía hacer.
Eso
fue lo que hicieron, se encaminaron a casa de Paquito. Cuando sus padres le
vieron llegar, no se extrañaron lo más mínimo de que lo hiciese en compañía,
pues estaban acostumbrados a que su hijo apareciese con algún animal perdido.
Así
que como el perrito era muy dócil pudieron ver que llevaba collar, por lo que, por
lógica, debía de pertenecer a alguna familia. Llamaron a la policía para que
les ayudasen a encontrar a los dueños. Llegaron dos guardias que se lo llevaron
para comprobar si tenía chip.
Tuvieron la suerte de que sí lo tenía, por lo que esa misma noche
llegaron los dueños a su casa para darle las gracias por haber recogido al
perrito y no permitir que siguiese perdido por la calle. ¡Podía haberle
ocurrido cualquier cosa! ¡Incluso morir atropellado!
Cuando se sentó a la mesa para cenar, (después de haber hecho sus
deberes), estaba tan contento, que al terminar, dio un fuerte beso a sus padres,
¡mucho más fuerte de lo que lo hacía nunca! y se fue a dormir.
Durmió
plácidamente y cuando despertó por la mañana, vio un rayo de luz que entraba
por la ventana, fue entonces cuando se dio cuenta; ¡lo había encontrado!, ¡de
nuevo tenía su deseo! ¡Era feliz,
inmensamente feliz! ¡Eso era lo que más deseaba! ¡Ese era su deseo! ¡Sería feliz siempre! Sabía que la felicidad de uno siempre empieza por
hacer felices a los demás.
Se
vistió rápidamente, desayunó, besó a sus padres y se dirigió lo más rápido que
pudo al colegio, quería contar a sus amigos todo lo que le había pasado, así
ellos también serían felices.
Tenía razón, le estaban esperando en la
puerta, se habían enterado de lo que había hecho el día anterior por el perrito
que encontró perdido; lo de la abuelita tuvo que contárselo él, pero a todos
les encantó y quisieron poder ayudar también en cuanto se les presentase la
primera ocasión. Así que Paquito, en ese momento, se hizo una promesa y fue que:
¡Jamás cambiaría, que pasase lo que pasara, él
no volvería nunca a perder su deseo:
“¡¡Ser feliz haciendo
felices a los demás!!”
Julita San
Frutos©

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